domingo, 3 de marzo de 2013

La Brèche, de Cristophe Lambert







En el año 2060 la telebasura ha llegado a su máximo esplendor y es una cuestión de estado. El desarrollo por parte del gobierno estadounidense de la máquina del tiempo acaba derivando en un programa de telerrealidad. En él, reporteros tan incompetentes como los de España Directo viajan al pasado para cubrir eventos como el suicidio de Marilin Monroe, entrevistando alcachofa en mano y en mitad de la noche a su psiquiatra. Pero como poco a poco el interés por la cosa decae, tienen la brillante idea de mandar a un equipo de reporteros a cubrir el desembarco de Normandía. Claro que ahí no pueden enviar a idiotas como los de “Las Mañanas de Villaberzas”, así que acaban enviando a un tipo duro, el equivalente futurista del Pérez Reverte corresponsal de guerra. Para que no la cague demasiado con el asunto histórico, junto a Pérez Reverte acaban enviando a un historiador demente de los que se dedica a disfrazarse de General Custer para hacer recreaciones históricas y se queja de que los malditos burócratas de Washington no le permitan utilizar fuego real en sus performances.


Con esas premisas no podía salir nada malo si lo que uno busca es entretenimiento, a no ser que el autor escriba rematadamente mal, y desde luego no es el caso. Claro que esto tampoco es Mi Tio Goriot ni nada parecido, pero nadie lo pretende. Christophe Lambert es, salvando las distancias, un Stephen King francófono, un artesano de la literatura más que un artista. Además, como sus libros son la mitad de gordos que los de King, saca el doble al año. También supongo que con un mercado potencial mucho más pequeño necesitas más volumen para tener unas ventas que le permitan comer, claro. En la humilde opinión de alguien que no tiene el francés como lengua materna, Lambert saca adelante la historia de manera bastante solvente y fácil de leer.

Al poco de llegar a Normandía, los dos periodistas se dan cuenta de que las cosas no van según lo previsto, y cuando menos se lo esperan… bueno, sólo hay que ver la portada del libro. Efectivamente: Robots gigantes nazis. A partir de ahí todo es delirio, explosiones, elucubraciones y acción. Y la verdad, entre tanto fuego artificial acaba importando un rábano que dos futuros distintos convivan a la vez mientras se desarrolla un pasado común (el gato no está ni muerto ni vivo hasta que abres la caja, supongo que pensó Lambert) o que la tecnología militar del régimen nazi del año 2060 sea idéntica a la tecnología de ese mismo año en nuestra realidad temporal. Y lo dicho, da exactamente igual porque aquí hemos venido a leer algo que rebose molonidad durante un rato y pasárnoslo bien, el equivalente escrito y en francés a ver una peli de La Jungla de Cristal o de Rambo.

Una historia de periodismo comprometido, con Pérez Reverte y su amigo historiador al final haciendo más de John Matrix que de informadores imparciales y demostrando al mundo que por más que los nazis tengan robots gigantes, sus pelotas son más duras que el adamantio y que pueden con eso y con más.

Aquí hemos venido a ver robots gigantes y cosas explotar. De hecho yo compré el libro porque en la portada sale un robot gigante. Y desde luego no me decepcionó: salen robots. Si alguien quiere hacer como que lee Nana en versión original en rústica mientras sorbe un café aguado en el Starbucks y deja que todo el mundo admire su sapiencia mientras echa miradas furtivas al MacBook Air que tiene sobre la mesa, pues genial, pero este no es esa clase de libro; esto es para leer metido en el Alsa o en un vuelo eterno de Ryanair para que el mal trago se pase rápido, sin dolor y entretenido. Y vive Dios que lo consigue.

Ah, y salen robots. Gigantes y nazis, para más señas.

domingo, 24 de febrero de 2013

Ami, el niño de las estrellas; de Enrique Barrios.

Amy, la niña de la farlopa


Basura. Esa cosa es basura. No me atrevo ni a llamar a ese petardo infumable libro, como mucho concedo llamarlo “Árboles muertos desperdiciados”. Claro que eso me pasa por no saber suficiente ufología y por tener curiosidad por la literatura infantil. Y mi pecado de ignorancia, desde luego, ha tenido su justa penitencia multiplicada por un número de no menos de siete cifras positivas y mayores que cero en sistema hexadecimal.


¡Ay! Iluso de mí creía que encontraría ciencia ficción para críos, y sólo me topé con magufería histérica de la peor. Y ojo, no digo que las historias delirantes seas mala, ni critico que una novela pueda asumir que la homeopatía otorgue superpoderes como premisa para desarrollar la historia. Al fin y al cabo eso son la ciencia ficción y la fantasía: crear historias partiendo de premisas irreales, del ¿Y si…?. El problema es que aquí no hay de eso, en Ami, el cretino estelar lo que hay es un tarado intentando hacer proselitismo de chorradas que cientos de sectas han intentado endilgar a trisonómicos, gente con depresión y sin autoestima. Pero lo peor no es ése proselitismo barato empotrado a martillazos en una prosa ortopédica y una historia inane, es intentar hacer proselitismo disfrazando la cosa de literatura infantil.


Básicamente el engendro va de un niño que tiene un “encuentro en la tercera fase” con un alien que también parece un crío, un crío con hidrocefalia para más señas, y le empieza a contar a su nuevo amiguito Homo Sapiens Sapiens que se avecina la Era de Acuario, que hay gente santa que es mejor que él y que hay sistemas que te permiten saber tu nivel de santidad en base a cuán abierta tengas la mente a gilipolleces new age varias. Después mete al pobre chaval en la nave y le suelta discursos varios que van lavándole poco a poco el cerebro y llenándoselo de excrementos metafísicos infumables sobre lo que está bien y lo que no, sobre lo poco que saben los adultos que no llevan togas de colorines y sobre la necesidad de hacer caso a todo vendehúmos que llame a su puerta intentando captarle para una secta, porque sus padres no saben nada y si les cuenta que le ha dado todo su dinero a un curandero probablemente se enfadarán sin motivo. La traca final de semejante despropósito viene cuando el marciano insidioso pasea con su ovni al niño primero por el planeta Tierra, dejándole ver que hay mucha pobreza pero también pobres felices que mueren entre retortijones agoniosos provocados por gusanos en el estómago (eso no lo dicen, pero me da igual) y son más santos que él. Después decide pasearlo por otros planetas “más avanzados” donde la gente es más rubia y no necesita ni comer porque hace la fotosíntesis y tienen nivel védico que sólo un par de chamanes, Buda, Jesucristo y el herborista de tu barrio han alcanzado en la tierra. Es más, hay otros que son seres de luz, que saben todo lo que hay que saber, pero que a esos no se les puede ver porque son mejores y hay que darles todo tu dinero respetarlos y venerarlos porque son lo más parecido al Dios de los cristianos que existe.

Al final el crío se supone que vuelve feliz a casa, pero yo creo que cualquier niño normal tras tantas toneladas de caca mental se suicidará de la forma más dolorosa que su tierna cabecita infantil pudiere encontrar.

Esta reseña básicamente la he hecho para intentar evitar que semejante bazofia pueda caer en manos de algún lector despistado o, peor, en manos de un padre confiado que no sepa la gran hez que le están vendiendo como libro infantil y torture a su hijo con semejante cagarro, haciendo que pierda por siempre la afición por la lectura. Preferiría mil veces que mi hipotética descendencia recitase de memoria fragmentos de Crepúsculo, la verdad. Esta plasta debería estar en la lista negra para padres que no quieran que sus hijos les odien por siempre o se dediquen los días de luna llena a limpiar y pulir piedras brillantes que le compraron a precio de diamantes a un tipo descalzo vestido sólo con una túnica de cáñamo los.

Tras esta bosta y Babylon Babies, he decidido seguir los consejos de @nayermaster y si un libro no me gusta dejarlo a mitad, algo que hasta hace poco me parecía poco menos que sacrílego.

domingo, 17 de febrero de 2013

El Secreto de mi Éxito, de Jaime Rubio Hancock


El Secreto de mi Éxito cuenta la historia de un oficinista normal que trabaja en una empresa que nadie sabe a qué se dedica que, tras las reestructuraciones de la empresa acaba atrapado en la misma como único empleado que sigue sin saber en qué trabaja. Pero como sólo de trabajo no vive el hombre, su vida sentimental va en paralelo a su demencial situación profesional, siempre ayudado por su fiel escudero, amigo y representante del cuñadismo loco que sólo ve virtudes en el Luz de Gas (el equivalente en Valencia sería la Golden), uno de esos bares que podrían definirse como “la última oportunidad de los jubilados y desahuciados del hamor”

Esta segunda novela de Jaime Rubio es aproximadamente siete veces y media más sobria que La Decadencia del Ingenio. Esto no significa que no arranque alguna carcajada, sino que leerla dan ganas de llorar y cortarse las venas mientras se hackea los sistemas de defensa norcoreanos para que lleven a cabo la próxima prueba nuclear en el Luz de Gas. Sobre todo a mitad de novela lo del Luz de Gas, lo de llorar es más al terminarla. Significa también que, además de tener menos erratas, en general la trama está más hilvanada (supongo que también porque la historia de más de sí) y el descenso a los infiernos no es sólo profesional, personal o sentimental sino todo a la vez.

Es, como dicen los críticos de verdad, más adulta, sobre todo porque en vez de hablar de niños, esta historia va sobre adultos. En El Secreto de mi Éxito, el drama del desempleo acechante se convierte rápidamente en un drama similar al que debe de estar sufriendo el pobre Luis Bárcenas, atrapado en una oficina vacía presentando su dimisión ante comités que hace oídos sordos a sus llantos y a sus ansias de libertad, hablando con cucarachas gigantes y encerrándose en otros tiempos más felices. Habla también de amor, de vacaciones playeras, de amistad y de esa sensación contradictoria y culpable que da recoger una caca de perro caliente con una bolsa de plástico. Una historia de actualidad, con la crisis (y la Luz de Gas) como un personaje más, callado y acechante; con pufos varios que se mantenían a pesar de la incompetencia general estallando en mil pedazos, con cucarachas gigantes y, al menos en mi caso, con un fantasma que te recuerda que te podría estar pasando a ti. Y eso acojona bastante.

Se lee fácil y rápido, y sin necesidad de cadenas de doce adjetivos por sustantivo llega agobiar más por lo que dice que por cómo lo dice. Por pura precaución, no recomendaría a nadie en mitad de un ERE leerla. O quizás sí, no sé. Por si acaso, podéis haceros con ella en muchos formatos electrónicos y en papel aquí.


sábado, 26 de mayo de 2012

Coraline, de Neil Gaiman



Coraline es un cuento infantil que funciona perfectamente como relato de terror ingenuo para los adultos. A pesar de ser el primer cuento infantil de Gaiman (o quizás por eso) se apartó de ese estilo clónico, moralizante y casi enfermizo que pulula hoy en día en las historias para niños del estilo Terabithia o Pobby y Dingan. En vez de plantear una historia de lágrima fácil y toneladas de eresespecialismo. En Coraline, Gainman asume desde el principio que el lector no es idiota perdido y que éste es capaz de suspender la realidad para entrar en un mundo distinto, que los personajes no han de ser necesariamente buenos buenísimos ni malos malísimos (aunque sí haya héroes y villanos) y que muchas veces uno hace lo que tiene que hacer no porque lo diga una ley moral suprema, sino porque cree que es lo conveniente.

La historia tiene mucho de Alicia en el País de las Maravillas, y a veces parece que Gaiman quiera hacer su versión de la misma: Un ratón llevando a Coraline a un mundo delirante donde los perros van al teatro a ver actuaciones de humanas mientras comen chocolate, donde los gatos hablan y tus padres tienen botones en vez de ojos... Pero quitando de este mundo patas arriba, no es este un viaje al estilo de American Gods sino un rescate en un mundo ajeno, más ajeno que el mundo de los dioses: Un mundo creado y regido por aquel a quien has de derrotar.

Un punto curioso del libro es su lenguaje. Además del esmero que hay en que cada palabra esté donde tiene que estar y sea la que tiene que ser, pues no en vano Gaiman escribió Coraline para sus hijas, es la textura que parece tener todo lo que se nos describe: no veremos ese aire de tebeo de Mortadelo que hay en El Pirata Garrapata, Ulrico o Fray Perico, sí hay como en El Superzorro o Matilda pero con colores mucho más desvahídos; es casi una cuento contado en blanco y negro con pedazos de color aquí y allá, si es que tal cosa es posible.

Una gran historia contada con palabras pequeñas. Así sí.

jueves, 19 de abril de 2012

Crónicas del Viento, de Kan Furuyama y Jiro Taniguchi





Juubei Jagyuu* es uno de esos personajes históricos que se presta mucho al romanticismo y a la ficción, y en Japón ha sido explotado hasta la saciedad en películas, mangas, series y demás, entre otras cosas porque combina el ser considerado por la cultura popular uno de los mejores espadachines de la historia con el tener un periodo de 12 años del que se desconoce prácticamente todo, cosa poco habitual en alguien que no sólo vivía en el palacio del shogún por ser el instructor de esgrima del mismo sino que desapareció estando en el cargo, y reapareció como si nada hubiese sucedido tras una docena de años. Por otra parte, esa manía (por llamarla de alguna manera) de los japoneses de buscar siempre al más fuerte de la historia me resulta muy curiosa, pero da pie a comparaciones históricas de otra forma imposiblemente aburridas. En este caso trazan un paralelismo entre el personaje de Juubei y el que en el imaginario japonés es considerado el más fuerte de la historia, Musashi Miyamoto, dándole a Juubei un rival no histórico calcado en diseño y con una técnica de esgrima idéntica a las que la tradición atribuye al archienemigo de Musashi, Kojirou Sasaki.

Si bien este manga no se centra exclusivamente en las tortas, bofetadas y toñinas, pues el guión de Kan Furuyama está bastante trabajado sobre todo en el aspecto histórico, el trabajo gráfico de Taniguchi (que personalmente me parece un genio) es maravilloso. Taniguchi consigue equilibrar bastante bien el dibujo detallista con la sensación de velocidad en los combates, aunque el pobre Juubei tenga la misma cara de estreñido que el protagonista de Sousaka Sha (El Rastreador).

La historia puede leerse como un tebeo de acción a secas sin tener ni la más remota idea de Historia, y si eso se pretende el cómic cumple su función a la perfección y el resto de la reseña es innecesario: la historia está bien hilvanada y las tortas molan, nada más que añadir. Si lo que se busca una oda al frikismo histórico habría bastante más que añadir: todo el manga está lleno de guiños históricos y referencias a la cultura popular para los paladares más fanáticos.

El tebeo empieza con Kaishu Katsu contándole a unos cuantos prebostes del gobierno Meiji por qué rindió el castillo de Edo en vez de plantar batalla. Katsu, además de dar la versión en general más aceptada de su decisión (se rindió para no abocar Japón a una guerra civil larga y cruenta de la que sólo salrían beneficiadas las potencias extranjeras que harían de Japón un protectorado), habla también de la influencia que en su decisión tuvieron las crónicas secretas Yagyuu, el Kojiki y el testamento del primer shogún Ieyasu Tokugawa.
Situando: estamos a finales del s.XIX, Japón acaba de salir de 300 años de sistema feudal para entrar de lleno en ese engendro extraño llamado era Meiji en la que había desde algo parecido a demócratas, mucha gente con una ideología ligeramente similar a nuestros absolutistas, amantes de lo occidental, sonnou joi pirados (como añadido rocambolesco, algunos de ellos amantes de la ciencia occidental) y en general lo único que estaba claro era qué nobles y feudos habían ganado la guerra y que el dinero era la nueva nobleza. Eso y que el emperador era a la vez persona y dios viviente descendiente de amaterasu según el Kojiki, esa biblia que apareció de la nada.
En el tebeo los elemento literario que unen realidad y ficción son el testamento de Ieyasu y el Kojiki, confiados a la familia Yagyuu para su protección y para que fuesen entregados a quien gobernase Japón en un momento futuro de gran peligro nacional. Las crónicas de los Yagyuu, el documento de Historia familiar del que habla Kaishu Katsu existe realmente, ya era habitual entre los nobles de rancio abolengo escribir las crónicas familiares. Éstas son las que cuentan la historia propiamente dicha, con un intento de golpe de estado muy similar al que tendría éxito en la era Meiji y contra el que el valiente muchacho conocido como Juubei luchará.

Entrando ya en farina, (en adelante OJOCUIDAOS, SPOILERS y demás destripes de trama) durante el reinado del emperador Go-Koumyou y el gobierno del tercer Tokugawa alguien irrumpe en el templo donde los Yagyuu custodian el testamento de Ieyasu y lo roba. Tras investigar lo sucedido, Juubei y su familia, defensores de la paz eterna del shogún descubren que todo es un complot del emperador retirado Go-Mizunoo (Gominoo en su nombre de monje, que es el que toman en el manga) para hacerse con el control de Japón y hacer que el emperador (y los que vengan detrás) vuelva a ser la máxima figura de autoridad y detentar el poder real y efectivo. Gominoo consigue ganarse el favor de varios daimyos (señores feudales) y de muchos desharrapados con promesas de bajadas de tributos (algo que durante las guerras civiles japonesas se hacía con tanta frecuencia como se olvidaban tales promesas en cuanto se vencía, matando a quienes osaban recordarlas) y escapa del férreo control al que le tienen sometido. Es evidente cómo acaba todo si la Historia sigue su curso y no se guardan registros de lo ocurrido, pero sirve de excusa a Kan Furuyama para contar cómo Juubei se queda tuerto acaba llevando su famoso parche. Además, después de ver este festival de espingardazos, cañonazos y espadazos nuestro héroe decide perfeccionar la vía de la espada y acabará escribiendo su relativamente famoso tratado sobre esgrima y el arte de hacer pupa sin matar demasiado.
Por supuesto no puede terminar esto aquí, y unos pocos años después, a la orilla del río con uno de los contendientes llegando en barca, tendrá lugar la batalla final.

*En esta reseña castellanizaré los nombres poniéndolos antes que el apellido. Además, las palabras japonesas que doblan vocal las escribiré doblando la vocal. No es una romanización ortodoxa pero no sé escribir de manera automática las tildes rectas sobre las vocales que son habituales en estos casos.

sábado, 14 de abril de 2012

In Milton Lumky Territory, de Philip K Dick



Y a pesar de todo, no del Philip K. Dick que todos conocemos. Para empezar, no es una ficción científica, no hay ciencia ni fantasía ni nada que se le parezca, en su lugar hay normalidad, una sociedad cuadriculada y previsible (los EEUU de finales de los 50 y principios de los 60) y sobre todo hay vacío. Me lo pareció al leerla y buscando algo de información adicional para esta reseña he visto que no soy el único al que se lo pareció. La novela, escrita en 1958 fue rechazada 12 veces por distintas editoriales, y se publicó póstumamente. Cuando un editor de Crown Publishing respondió devolvió la novela al agente de Dick, lo hizo con esta nota[1]:


   I don't know what to say about Philip Dick. He has extraordinary talent, tremendous facility, and acute penetration. He is able to lay bare the essential core of a situation in a few deft strokes. He has a flamboyance and an extraordinary eye for detail. The problem: His outlook on life, which is bleak and as chilling as any it has been my misfortune to come across.... What he does is to write in flat understatement a detailed analysis of the emptiness of everything so that the writing takes on an emptiness itself... We have seen three of these now, and they all have the same vacuum-like outlook.


La historia se centra en Bruce, un comercial de compras de unos grandes almacenes (algo parecido a los Sears actuales, aunque con el planteamiento de la época; sin fidelización de proveedores, redes de distribución discontinuas etc.) que en uno de sus viajes a su pueblo natal acaba emparejado con una profesora del colegio de la que estaba "secretamente enamorado", o todo lo enamoriscado que puede estar un chaval al que no le han bajado los testículos. Curiosamente Milton Lumky no aparece hasta más o menos la mitad de la novela, en la que ya digo que realmente no ocurre nada, pero tampoco es esta la típica novela de Dick. Tampoco es una novela introspectiva, es una historia de ambición (moderada, nadie pretende ser Presidente de los Estados Unidos), sobre envidia, sobre vínculos sociales y familiares que más parecen fórmulas contractuales, sobre lo que pudo ser y no fue y sobre la soledad. Por momentos es una parodia del Sueño Americano "Don't be so timid. Nobody starves in this country", la mujer pretendiendo ser ese modelo de madre y esposa preguntándole a su marido "Am i enough of a cook for you" Es, si se me permite el anacronismo, una bomba nuclear escondida en el sótano de la Familia Brady.

Entiendo que Dick se sintiese totalmente desesperado después de ver rechazada esta novela (y no una, sino doce veces): A pesar de que algunos de sus tics habituales aparezcan de vez en cuando (La locura, la soledad, el tomar somníferos como gominolas...) la calidad literaria de In Milton Lumky Territory es muy superior a la de la mayoría de sus novelas más conocidas: No hay (desde mi más profunda admiración y respeto) trucos de saltimbanqui ni martillazos inesperados para cuadrar un círculo y su estilo generalmente seco y poco descriptivo se equilibra. Aunque no pase nada no dejas de leer porque en ningún momento ves que te estén tomando el pelo. Bien mirado, el estilo de PKD en esta novela es el opuesto absoluto de la postnovela: Si en la postnovela te hacen creer que todo es importante hasta que la historia se autodestruye como las órdenes del Inspector Gadget, aquí nadie te avisa a bombo y platillo que todo lo que lees es importante hasta que todo ha encajado y ves que nada podía ser de otra manera, que el azar acaba al poco de empezar la novela y el resto ya era imparable. Resulta curioso cómo PKD parece querer alejarse de sus habituales aventuras teológicas no sólo haciendo a Bruce un personaje que no sé si me atrevería a tachar de agnóstico sino riéndose de la propia idea de tomarse en serio la religión (como más tarde se tomaría a chufla religión y ateísmo en La Invasión Divina)

-I've been thinking about it, trying to figure out what it is that's wrong with you, why you're the way you are. I think I've finally got you figured out. You don't believe in God, do you?
This time he did laugh. This time the question was too inane and too seriously asked; he began to giggle and once he had started he could not stop. He found himself lying back in his chair, his hands over his eyes, wheezing and weeping, gasping (...) And still he could not stop. The more he tried to stop, the harder it became to stop. At last he lost the ability to make any sound at all. Even his laughing was soundless. 

Como nota final decir que a pesar de esa "disección del vacío que nos rodea", de esos personajes que se traicionan a si mismos continuamente y son escépticos para unas cosas y comprahumos para otras (como toda la recua de escépticos oficiales españoles comprando el 15M con alegría y despreciando un par de siglos de ciencias sociales con no menos alegría), que son moralistas de palabra y amorales en sus actos, de ese realismo que lo impregna todo y no deja espacio alguno a la fantasía más que en forma de demencia; y a pesar de todo ello la novela en ningún momento se toma en serio, no puede describir el vacío si se lo toma muy en serio y quiere llenarlo. Como dijo el editor: "What he does is to write in flat understatement a detailed analysis of the emptiness of everything so that the writing takes on an emptiness itself..."


[1]: http://www.philipkdickfans.com/mirror/websites/pkdweb/MILT%20LUMKY.htm


domingo, 27 de noviembre de 2011

Los Caracoles No Saben Que Son Caracoles, de Nuria Roca

Sí, Nuria Roca la presentadora y No, no sé si la ha escrito un negro (Pero la presunción de inocencia impera)





El libro no tiene una calidad literaria digna de aplauso, y creo que nadie cuerdo esperaría otra cosa. Además de estar escrita en primera persona del presente de indicativo, hay frases demenciales por doquier del tipo "Tiene el pelo naranja", "Una productora ejecutiva, que es como se denomina su cargo" o "A pesar de lo obvio del chiste no podía evitar decirlo, que para eso es guionista de humor", aunque siendo justo he de decir que no es especialmente mala, hay cosas mucho peores publicadas. Cualquiera de Maria de la Pau Janer, por ejemplo.
La historia en sí no tiene demasiado misterio ni complicación: Imaginen a la típica Amiga Fea muy dependiente de la guapa y adicta a la Nocilla, pongan que acaba de romper una relación con su marido y padre de sus dos hijos, que visita regularmente a una psicóloga (que después se convierte en psicoanalista por arte de magia), cuya amiga guapa no es amiga sino hermana de la que además es emocionalmente dependiente y (aquí sí que hay que hacer un esfuerzo mayor) sin problemas económicos. La hermana muere y  a la protagonista le cuesta todo el libro recomponerse.

Y a pesar de su simplicidad, es un ejercicio de mercadotecnia fascinante ¿Por qué? El personaje principal (Clara) no tiene a priori nada que ver con Nuria Roca (Que en un alarde de EGO aparece como secundario fugaz en su propia novela con el ingenioso seudónimo de Nuria Martínez) pero enlaza muy bien con el que a priori es el público objetivo del libro más allá de los tarados como yo: Mujeres de mediana edad atrapadas en la mediocridad. Nuria Roca retrata bastante bien ese perfil dentro siempre de los estereotipos conocidos de las teleseries españolas: Hay una mucama casi residente con acento exótico que en condiciones normales se llevaría por delante la mitad del sueldo de la protagonista, los problemas económicos aparecen una vez y son resueltos sin más drama, hay varios secundarios graciosos para acompañar la transición del personaje principal, tiene algo de Filosofía de Azucarillo (sólo hay que leer el título, vaya), humor blanco de teleserie, algo de moralina con el tema del momento ("Cualquier imbécil quiere pedirle perdón a su amada por haberle pegado hace algunas semanas") etc. A destacar fuera de ese esquema habitual en las teleseries españolas aunque dentro de lo previsible habiendo sido escrito por una valenciana es que se habla explícitamente de la vida sexual de la protagonista, más activa que la del target de la novela. Pero vamos, los lectores de Bukowski tampoco querrían leer su propia vida sexual; si Chinaski tuviese la vida sexual de su público Bukowski no habría visto ni un dólar por sus libros.

Lo más fascinante del libro es que por momentos parece que Nuria Roca se esté mofando de sus lectoras potenciales por haber comprado el libro con frases como "Una novela de una mujer de treinta y tantos años normal a la que pasan cosas normales no puede ser un éxito", alabando a su alter ego o diciendo que jamás de los jamases una novela podría llamarse "Los caracoles no saben que son caracoles"


Nuria Roca

Se lee rápido y sin dificultad y es un buen regalo para intentar ligar con una cajera del Mercadona con poca autoestima que dice que le gusta leer (ponga aquí títulos de Paulo Coleho, Midget Jones o similares)

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